Dallas Buyers Club, el biopic del ranchero Ron Woodroof, dirigido por Jean-Marc Vallée. Más que una reseña, una lectura intensa del significado del filme.

“Perdón señorita, pero prefiero morir con mis botas puestas” —Ron Woodroof.

Mis búsquedas como aprendiz de cine y futuro realizador están orientadas más hacia el aspecto de la fotografía que hacia otra cosa. Sin embargo, hablar únicamente del trabajo de Yves Bélanger en Dallas Buyers Club sería una inocente y crasa injusticia. Empezaré por él, para luego salir de mi zona de confort, enfrentándome a las revelaciones que viví tras ver este filme.

Una fotografía modesta

El ejercicio de la iluminación no es gran cosa. El personaje principal (Ronald Woodroof) se mueve, la mayoría de las veces entre apenas trío de espacios. En los interiores del film la paleta de colores, es fría. Se deja coincidir con el estado físico, moral, espiritual y emocional de nuestro protagonista. Un enfermo terminal de VIH, una persona cercana a la muerte.

Por otro lado, el afán compositivo de Bélanger tampoco es de otro mundo. Incluso, podría decirse que está más bien supeditado al relato. No es una obra independiente como (en mi opinión) debería ser. Su propuesta compositiva no muestra la expresión de un artista autónomo, sino la de un técnico al servicio del director.

Destacando (y eso sí me parece un acierto casi indiscutible) el uso de la cámara en mano. Ese ojo inestable que acompaña el vaivén vertiginoso de Ron, en su afán por sobrevivir lo más que pueda. Además, lograr también que los otros, que están en iguales condiciones que él, sobrevivan.

Digamos, entonces, sin pecar por chauvinistas, “el machera de los desahuciados por VIH”. Los juegos de foco y la profundidad de campo critica te obligan a estar cerca. Obligan a no perderte de este “estar” inestable en la vida en el que —supuestamente— por vaticinio de un doctor inescrupuloso, te quedan sólo 30 días.

Dos interpretaciones que sostienen al filme

Muy bien, ahora voy con las interpretaciones, y me detendré, únicamente, en el trabajo de Mathew McConaughey y Jared Leto. Pues, son los únicos actores a los que he visto en papeles anteriores y los que, de alguna manera, puedo decir que los conozco con cierta profundidad.

Mathew McConaughey

A Matehw, pues me resulta difícil apartarlo de esa visión estandarizada y comercial del sex simbol, playero y bronceado, con el que han pretendido estigmatizarlo. No obstante, debo confesar que me convenció. La interpretación que hizo en el rol protagónico de este biopic sobre el ranchero Ronald Woodroof es recia, sólida y convincente.

No esperen una exégesis sobre el método, porque hasta ahí no llegan mis conocimientos de actuación. Pero les confieso que en más de una ocasión sentí fuerte su dolor y lo compartí; caí y me levanté con él las veces que pude. Así como en la vida toca escoger bandos, yo estaba del lado de él, del lado de Espartaco, del rebelado.

Par de frases, dichas por este personaje, movieron una que otra fibra en mi interior. Una de ellas, la que hace de epígrafe de este texto, y que Woodroof dice, sabiendo que su destino es irremediable y que un hospital no es un lugar digno para morir si practicas el Rodeo como pasión. La otra se la dice a la doctora Eva (Jennifer garner) cuando la cita por primera vez y le dice “Un buen restaurant, una hermosa mujer. Me siento como un ser humano de nuevo”.

El ser tratado como escoria, despreciado por su hermano y sus propios amigos anticipa este momento. Un punto cumbre para un personaje que recupera fugazmente un momento convencional. Sin juicios, médicos, tratamientos o policías farmacéuticos intentando erradicar y destruir su empresa.

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Jared Leto

Por su parte, Jared Leto ya recibió un Oscar por la interpretación de Raymond o Rayon, así que no me detendré en elogios estériles. Diré lo que sentí: Un amor profundo. Un reconocimiento casi místico con ese homosexual, travesti, junkie enfermo de SIDA. Él, que apoya a Ron en su misión, en parte, porque también quiere sobrevivir; en parte, porque necesita el dinero; en parte, porque también necesita un amigo.

Lo amé más allá de Leto, más allá de ese límite supuesto y engañoso que colocamos para diferenciar persona de personaje. Lloré sus quebrantos y su muerte, adoré sus vestidos y su sabiduría. “El árbol con más miel, atrae más abejas”, y su aniquilador dictamen frente al espejo: “Seré hermoso como un ángel”.

Este par de versos (para mí, versos de un gran poema que forman la mayoría de los diálogos de Rayon) me hace guardarle un pedacito en mi memoria. Donde lo protejo y lo olvido por momentos, para cuando me toque recordarlo sentirme plenamente vivo como él. En resumen, las interpretaciones de estos dos artistas son la columna que sostiene este film.

Dallas Buyers Club, un drama social políticamente correcto

Por otra parte, puede decirse que se trata de un guion nada pretencioso, muy bien desarrollado por Craig Borten y Melisa Wallack. No es secreto que atendemos a una historia que no sale de lo políticamente correcto. Cuando se escribe un drama social, con un héroe que ya existe y al cual no se le puede otorgar más superpoderes de los que ya tiene en la realidad; cualquier riesgo puede desencadenar una catástrofe, cualquier gracia puede convertirse en una terrible morisqueta.

La dirección es consecuente, quizás un poco pacata si entendemos quien fue Woodroof. Un drogadicto, promiscuo y desarrapado saco de malas palabras, descortesías e insultos. Un hombre predispuesto a la violencia que se enfrentó al sistema con lo que pudo, e irónicamente, sin tener nada que perder, terminó ganando. Suave, pero no blando; así me parece a mí que fue Jean-Marc Vallée con su puesta en escena y su manejo de esta bestia del white trash sureño que fue Woodroof.

Mis reflexiones finales

Par de apariciones de payasos me hizo ver a la muerte de otra forma; mejor dicho, me hizo entender que la muerte, al ser el acecho por antonomasia, puede cobrar la forma de lo que sea. Puede acomodarse a cualquier símbolo que se cargue de amenaza. Dentro de las reflexiones que me provocó este film, llegó a mi cabeza una alegre y desoladora convicción: afortunado de aquél que esta preparado para morir, porque yo no lo estoy, y creo que nunca lo estaré.

Memorables fueron varios momentos. Sin embargo, quiero hacer énfasis en una escena que me recordó a García Márquez: la de las Mariposas amarillas, y que yo leí en el film como un anticipo milagroso de la muerte. Espartaco se rebela, y en esta ocasión se monta en el toro del sistema (o de la vida misma, ¿por qué no?) y sale triunfante de su batalla final.

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