‘El Maquinista’ (2004). Un trabajo admirable en los aspectos actoral y sonoro, pero con evidentes costuras que evocan a una película de serie B.

“Vamos, como si no supieras que está muerto, ¿verdad? Debes hacer algo con esa memoria defectuosa que tienes, amigo.” —Iván.

Desde Stevenson, pasando por Borges, sin obviar a Silvestre y Piolín, hasta llegar a Fincher y por ende a Palachniuk; el tema del doble como criatura perversa y atractiva ha sido tocado con una trascendencia y un nivel estético del cual, en mi opinión, este film no carece del todo. Sin dejar de lado que la decencia y la efectividad son sus mejores cualidades. Arrancando con planos sonoros y visuales que te inquietan; Brad Anderson (el director de ‘El Maquinista’, 2004) te introduce, sin que tengas tiempo de reaccionar, en una atmósfera de zozobra. Donde ya, de una vez, tienes claro que aquí, con este personaje (mientras Trevor decide deshacerse de un cadáver) las cosas no van del todo bien.

Dos elementos destacables

Una puesta en escena mínimal. En comunión con una dirección de arte no muy exigida, te hace pensar en una peli de serie B. Una fotografía más bien simple; no sentí propuesta desde los encuadres, las ópticas, ni la sintaxis planimétrica. Mucho menos desde el ejercicio de la iluminación. Una paleta de colores fría para coincidir con el estado psicológico del protagonista. Desde las labores técnicas creo que merecen la pena destacarse dos elementos puntuales: las interpretaciones y la música.

Brad Anderson te introduce, sin que tengas tiempo de reaccionar, en una atmósfera de zozobra. cuéntale a tus seguidores

Bueno sí, hay que decirlo otra vez, Bale perdió 28 kilos de su peso original para comenzar el rodaje. Llegó a 50 Kg. cuando su meta eran 45, cosa que la producción no se lo permitió por asuntos de salud. Si se sorprenden con esto, pues los invito a que lean sobre los procesos de otros actores. Por el ejemplo, el de Daniel Day Lewis en varios de sus papeles más importantes.

No es que no me parezca un sacrifico respetable. Es de común acuerdo que, como actor de método, Bale haría cuantas veces fuera necesario este y muchos otros esfuerzos. Pero de lo que sí no soy participe es del afán al que acuden muchos al reducir la lectura de su interpretación en ‘El Maquinista’ resaltando nada más este hecho. El ensimismamiento al que te lleva Bale con su trabajo en Trevor me llevó a pensar en el de Rami Malek en Elliot. Creo que tengo muy fresco Mr. Robot, así que mejor no me hagan caso.

Las interpretaciones en ‘El Maquinista’

Christian Bale como Trevor

Un personaje con un perfil psicológico determinado por su condición de insomne; un coctel de desfases mentales muestran un deterioro nervioso del que inevitablemente te haces parte. Aplaudo a Anderson y a Bale. Maníaco, anoréxico, insomne, paranoico. Todos los acontecimientos giran en torno de una persecución constante en la que se ve envuelto Trevor para descubrirse a sí mismo en vericuetos de su propia mente.

Estos hechos nos advierten sobre la vieja trampa: la mente de un hombre puede ser su propia prisión, su propio castigo, su más depravado y funesto verdugo. Las cosas pueden ser lo que parecen pero terriblemente también pueden no serlo. Y en esta premisa se debate durante toda la historia el protagonista.

Las cosas pueden ser lo que parecen pero terriblemente también pueden no serlo. debo twittear esto

Su memoria es la única que puede darle luz a su vida. Toda la descomposición física que muestra Trevor por fuera también la vemos en sus nervios y en sus reacciones violentas de desconcierto. Sospecha él que es víctima de un complot imaginario en su entorno de trabajo. Tras el acecho de resolver el enigma y desmontarlo todo se van las últimas fuerzas de Trevor. Cielos oscuros y tormentas en algunos exteriores del film simulan un poco cómo está por dentro nuestro protagonista. En fin, en ‘El Maquinista’ acudimos a un laberinto que tiene en la meta final un espejo empañado que toca desempañar.

John Sharian como Iván

Por otro lado está el loco de John Sharian interpretando a un alter ego (doble, o como mejor les parezca) de Trevor que se llama Iván. Con el cual todos sabemos disfruta increíblemente. El desprecio y la repulsión van de la mano cada vez que el personaje de Iván aparece en la pantalla. Su socarrona forma de hablar, su manipulación excesiva de Trevor y sus cínicos gestos lo hacen un personaje atractivo. No podemos evitar caer en ese juego oscuro y suicida del gato y el ratón con el que nuestro protagonista (y nosotros también, ¿por qué negarlo?) es seducido.

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Todo para conseguir esa verdad esquiva que lo haga entender su situación actual; esa en la que todos los seres cercanos a él conspiran para hacerle daño y engañarlo. Desde sus compañeros de la empresa de metales donde trabaja, hasta Stevie (la prostituta de la que está enamorado y que es su refugio), sin obviar a Marie (la camarera del aeropuerto con la que habla durante las noches y con la que se siente escuchado y comprendido).

Iván es la basura de lo que está más cerca del infierno que el mismo diablo. comparte con tus seguidores

Escoria de la escoria, ripio del ripio. Iván es la basura de lo que está más cerca del infierno que el mismo diablo. Iván  despierta el deseo contradictorio de querer desparecerlo cada vez que aparece en un plano. A su vez, nos despierta la intriga y las ansias de esperarlo en el próximo donde aparecerá. Iván es de esos personajes que despiertan en uno deseos que revelan partes de nuestra naturaleza que mantenemos ocultas. Por lo menos a mí, como guionista, director o actor, me hubiese gustado matarlo. Aplausos para Jhon y su interpretación violenta pero comedida, sin duda.

El lugar de los personajes femeninos

Los personajes femeninos (como bien lo dicta el manual de la misoginia machista occidental) son importantes; pero no al nivel de determinar nada en la trama. El enredado camino de Trevor no se ve modificado en lo más mínimo por ninguna de las mujeres de la historia. Los monstruos a los que debe enfrentarse están dentro de sí mismo y solo él puede vencerlos.

En 'El Maquinista' acudimos a un laberinto con un espejo empañado que toca desempañar. twittealo ahora

Una música que tranporta

Otra labor técnica que me parece destacable en ‘El Maquinista’ es la música hecha por Roque Baños y Lydia Kavina; por esta doy un aplauso unánime sin arrepentimientos. Con el sonido desquiciante del teremín te trasladan al estado de ánimo de asfixiante incertidumbre en el que vive Trevor. De hecho, debo confesar que como espectador fue uno de los elementos que más disfruté; junto a las interpretaciones, fue por los que me mantuve viendo el film. Me sentía con la música montado en una balsa pasando por un túnel y bajo una penumbra tenue que no me abandonaba nunca. Sensación que me acompañó un buen trecho. De alguna manera, me permitió establecer un puente con Trevor en esa búsqueda de la verdad. Búsqueda en la que él se mantuvo durante toda la historia.

Una serie de costuras

Con transiciones y disolvencias extrañas (que prefiero pensar como recursos estilísticos y no como detalles del montaje de Luis de la Madrid), el relato te hace pensar que estas viendo una película de serie B de los 90 (creo que ya lo dije anteriormente). Inciso que me atrajo, pero que también me asustó porque no logré descifrar si era una de las intenciones del realizador. O si, por el contrario, simplemente yo estaba viendo cosas de más; como a veces nos pasa a todos los espectadores.

Hablándoles ya del guion, pues puedo decirles que yo por lo menos vi varias costuras. Cuando la paranoia de Trevor se convierte en el patrón de lo que sucede en la historia; se convierte en un festival de Dios es Máquina donde los antecedentes no quedan claros, o simplemente no existen: la paranoia lo justifica todo. Desventaja que de alguna manera te permite comprender (muy tempranamente creo yo) que la cadena de acontecimientos que se suceden son predecibles.

Ahora bien, aun con todas estas costuras, ‘El Maquinista’ me recordó muchas cosas que estaban dormidas; al final, no sé si me hizo bien o no revivirlas. Entre ellas que: la memoria es lo único que puede destruirnos o redimirnos. Preguntarse quién eres es una pregunta incómoda pero necesaria, y huir de ella, es a veces, lo mejor.