Filth (Jon S. Baird, 2013) es un ejercicio constante a lo más bajo de la naturaleza humana que nos recuerda lo podridos que podemos estar por dentro.

No sé si sea correcto hablar de una ética; o si sería mejor usar el prefijo anti, y luego sí, la palabra ética bien escrita. Todo ello para adentrarnos en los sórdidos cimientos de este film. Es más, por qué no mejor usamos estética. Sí, este relato es, para mí, un viaje hacia una estética del asco, la sordidez y la mediocridad. No he leído tampoco la novela de Irvine Welsh que sirve de fuente literaria a esta transposición. En casos como éste, es difícil saber si eso es o no una ventaja. Lo digo porque luego de ver Filth (2013), la obra del director Jon S. Baird, me ha tocado tragar grueso, pero de un buen trozo de mierda que también pude reconocer en mí.

‘Filth’, un canto a lo vil

Siempre he creído que la ironía y la sátira son recursos artísticos y estilísticos que sólo mentes privilegiadas pueden usar certera y eficazmente. Jon S. Baird es una de esas mentes. Para mí fue inevitable que el acercamiento a ese nido de ratas que componen su galería de personajes, no me hiciera sentir una repulsión constante. En ‘Filth’, la estupidez es baluarte, un ejercicio constante a lo más bajo de la naturaleza humana. Un canto a lo vil.

Filth: Una moral con códigos auténticos

La configuración de los personajes de este film no está supeditada a patrones maniqueos. Eso, personalmente, me parece uno de los mayores logros de ‘Filth’. No hay zonas grises; alguno que otro atisbo de humanidad, pero en su gran parte no hay buenos, solo astutos (o más bien, astuto). Lo demás es toda una pandilla de insulsos, imbéciles, prejuiciosos, neonazis, adictos, viciosos, narcisistas, ambiciosos, metrosexuales y por ahí seguiría la lista si nos dedicamos únicamente a intentar describirlos.

La configuración de los personajes de 'Filth' no está supeditada a patrones maniqueos. debo twittear esto

Bruce Robertson (Filth, 2013)

Los juicios de Bruce

Bruce Robertson es el personaje protagónico del film, y no es más que un Detective Sargento convencional de un cuerpo policial, también convencional. Bruce quiere ascender a Detective Inspector porque así podrá encender la llama en su esposa Carole, con la que al parecer tiene una conexión erótica magnífica. Para ello tendrá que sacar del juego a todos sus posibles competidores, a todos sus compañeros de trabajo: Los juegos siempre son, repito, siempre son jugados. Pero nadie juega los juegos como yo, Detective Sargento Bruce Robertson, pronto a ser Detective Inspector Bruce Robertson. Solo tienes que ser el mejor, y yo usualmente lo soy. Se aplican las mismas reglas.

Las reglas que él impone en su propio juego de intrigas y sordideces en el que ataca las debilidades de sus otros competidores: Dougie Gillman es tu regular policía Escocés. Gillman tiene un serio desafío para mis perspectivas de ascenso. Inglis es lo que ellos llamarían metrosexual, pero es lo que yo llamaría un maldito marica. Ray Lenox, el novato drogadicto residente del departamento. A pesar de que Lenox está más interesado en tratar de follarse a la secretaria de la oficina que cualquier tipo de promoción profesional, él de todos modos tendrá que ser públicamente. Gus Bain, algo así como un tiro largo porque es el utensilio más afilado en la caja…;  Y la lameculos Amanda Drummond, quien se la mamaría a Toal (jefe inspector  con aspiraciones de guionista) ahora mismo si la promoviera.

'Filth': Para lograr su ascenso, Bruce Robertson debe sacar del juego a todos sus posibles… cuéntale a tus seguidores

Una moral con códigos auténticos

Luego de enterarnos cómo ve, cómo entiende y cómo juzga Bruce a sus compañeros, viajaremos con él a una guerra permanente en la que el único que ataca es él mismo. Un largo camino en el que él se yergue como el verdugo de todos los demás. Humillándolos y ofendiéndolos cada vez que encuentra una oportunidad de hacerlo. Su relación con cada uno de los personajes de su entorno profesional está marcada por la hipocresía, el desprecio y la humillación. Todos son bestias que luchan por aparentar no serlo. Esa supuesta mente maestra que posee lo hace creerse en una posición superior. La moral no existe; o digamos que sí, pero es una moral otra, fuera de lo convencional, una moral con códigos auténticos. La vida deja ver su verdadero rostro y muestra lo que es en esencia: un permanente juego de intereses.

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Filth, un canto a lo vil

Bruce no es más que una burda araña que teje sus redes para atraparlos a todos. Pero como todo humano, esta araña también arrastra sus debilidades. Mitómano, con alucinaciones, con principios de esquizofrenia y deterioro mental. Condición que se agudiza en la medida que avanza el relato de ‘Filth’. Por momentos, logró que me compadeciera de sus dolores; pero mantener la empatía con él se me hizo casi imposible. Lamenté el abandono del que fue víctima; pero con la misma fuerza también quise que pagara por lo que le hizo a uno de los fantasmas que lo persigue.

La moral no existe; o digamos que sí, pero es una moral con códigos auténticos. twittealo

Una atmósfera caricaturesca y falsa

La interpretación de McAvoy (Bruce Robertson) no me sorprende. Pero la dignidad y la decencia con la que aborda al personaje de Bruce me dejó complacido. Se cuidó mucho de la sobreactuación y del exceso, fue medido y quizás muy cuidadoso. En realidad, terminé convencido.

Fotografía de Filth (2013)

Por otra parte, es necesario decirles que aprecié los fondos estallados en las ventanas a plena de luz. Te hacen sentir constantemente que son un recordatorio de que lo que estás viendo es ficción; una simple y llana escenografía y puesta en escena. ‘Filth’ construye, por medio de los planos y con el diseño de sus interiores, una atmósfera caricaturesca y falsa. Estos elementos funcionan como claves para comprender con más agudeza esa representación corrosiva, paródica y crítica que hace el texto fílmico de la sociedad escocesa y sus defectos; su racismo, su hipocresía y su afán de mediocridad. Salvo en momentos en los que entramos en la oscuridad de Bruce, el relato no deja de burlarse cada que puede de la institución policial; de cómo se maneja la idea de la autoridad y lo absurdo que hay en todo ello.

'Filth' nos recuerda la escoria que somos y que nunca dejaremos de ser. twittea ahora

Si quieren, véanla. Viajarán hacia el delirio y la autodestrucción de Bruce, un jodido de verdad que se genera un alter ego, por el cual sentí fascinación y desprecio a niveles similares. Aunque haya un resquicio de luz en el relato representado por Mary y Euen; nos cuesta que creer que a Bruce lo espera un final feliz, que su destino no es trágico y que su oscuridad no es indetenible. Con una deliciosa e impertinente ruptura de eso que se llama la Cuarta pared en el teatro, el final de ‘Filth’ vale un recuerdo sobre lo podridos que podemos estar por dentro. J. S. Baird, será un director al cual seguiré, y a Irvine Welsh un autor que toca leer con dedicada atención. Nos recuerdan la escoria que siempre hemos sido, que somos y que nunca dejaremos de ser. Siempre aplicamos las mismas reglas.